Sandra Lorenzano
Escritora y crítica literaria, es “argen-mex” por derecho y convicción. Doctora en Letras (UNAM), se especializa en arte y literatura latinoamericanos, tema sobre el cual ha publicado numerosos artículos en diversos libros y revistas de circulación nacional e internacional. Es profesora de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, y se desempeña como Vicerrectora Académica de la Universidad del Claustro de Sor Juana.
Cada uno tiene sus manías, sus obsesiones, una cierta manera de relacionarse con el mundo que lo va convirtiendo en un personaje peculiar. Sin querer entrar en demasiadas confesiones, tengo que decir que una de mis manías vinculadas a la escritura tiene que ver con la música. Pero antes una aclaración: no puedo escribir ni leer con música. Aquello de la “música de fondo” no va conmigo. Ni aun tratándose de “buena música”, de obras interesantes, o de piezas suaves que casi podrían pasar inadvertidas. La escritura requiere que yo esté con mis cinco sentidos allí, frente a la página en blanco. Y creo que la música exige lo mismo.
Sangre mía, / de alba,/ de luna partida, / del silencio. / de roca muerta (…) / Abierta a la locura. / Sangre clara y definida, / fértil y semilla (…) / Nutrida de mi última presencia.
(Poema de Susana Chávez, poeta y activista asesinada en Cd. Juárez)
“Los libros sabían mucho de mí y de mis deseos más recónditos. Poseían incluso la extraña virtud de plegarse a los deseos de aquel que los abría, de expresar algo distinto para cada uno…”, escribe Michele Petit en Una infancia en el país de los libros.
He pasado unas horas deliciosas con la lectura del libro de Michele Petit, Una infancia en el país de los libros. Petit es antropóloga de la lectura, y durante muchos años ha investigado la lectura en diversos medios (tanto rurales como urbanos) de Francia y América Latina, privilegiando la experiencia íntima y única de los lectores. Su escucha atenta la condujo a estudiar el papel de la lectura en la construcción del ser, particularmente en lugares que se encuentran en crisis.
“Demasiada carne de hipopótamo para este país”, me comenta un amigo de Tijuana. La frase me provoca escalofríos. No está hablando de la pasión del ex alcalde de su ciudad -encarcelado y exonerado ad infinitum- por los “animales exóticos” o no tan exóticos (“Mi animal favorito es la mujer”, dijo hace algunos meses, y esa frase no me provoca escalofríos sino arcadas). “Demasiada carne de hipopótamo para este país”, dice Carlos y sé que está hablando de los ecos que nos quedaron vibrando en el cuerpo a quienes coincidimos en la presentación de El ruido de las cosas al caer del colombiano Juan Gabriel Vásquez.
“¿Tiene algo para niños? Quiero que éste empiece a leer en español”, me dice una mujer mientras le da un pequeño empujón al aludido, de ésos que las madres solemos dar con cariño y que los hijos – como corresponde – suelen detestar.
Escrito por: Sandra Lorenzano
“Una lista me manda hacer Violante, que en mi vida me he visto en tal aprieto”, debería escribir yo, parafraseando a Lope de Vega. Pocas cosas me provocan tanta ansiedad como estas decisiones en gran medida azarosas, en gran medida arbitrarias, que pueden dejar fuera tantos textos queridos.

Por: Sandra Lorenzano
“Pensaba que en cualquier lugar -en el camión, en el cine- me iba a dar vuelta y ahí iba a estar. Pero yo no podría reconocerlo.” Andrés había “desaparecido” cuando Ana tenía sólo seis meses, y lo único que recordaba de su padre era la foto que desde siempre estaba sobre el buró: en ella, un chico tan joven que apenas se sospecha que pueda ser padre carga una bebé rolliza y sonriente.

Por: Sandra Lorenzano
Heme aquí, sentada frente a la pantalla, en el amanecer de esta ciudad que he aprendido a hacer mía. Hoy una hora más temprano –por aquello del ahorro de energía- que para una madrugadora como yo refuerza la maravilla de verle el rostro al día cuando la mayor parte de los mortales aún anda por el quinto sueño.

Por: Sandra Lorenzano
No soy del tipo de gente que va por la vida “cazando” las expresiones del azar. Como lo era Cortázar en sus juegos con la Maga, por ejemplo. O lo es Paul Auster en cada una de sus historias. O el querido Pepe Gordon en sus “Imaginantes”. Aunque sí disfruto enormemente cuando las casualidades se cruzan por mi camino: cuando un texto, una imagen, un nombre, me llevan a otro texto, a otra imagen, a otro nombre, que finalmente hacen que se devele un pequeño secreto que estaba aquí, junto a mí, y que aún no había visto.

Sandra Lorenzano
Se oían murmullos, voces apagadas. De pronto algún grito o llanto. Era una noche fría de finales de otoño. Junio, tal vez, allá, al sur de todos los sures. Acababa de pasar el carnaval en que yo me disfracé de gitana y Pablo de pirata. Todavía me acuerdo del color de la falda que mamá me puso, de los enormes aretes rojos que iban con broche (y que me dejaron los lóbulos del mismo color por varias horas) y del maquillaje -obra de mi abuela paterna, porque la austeridad de mi madre hacía que en su estuche de pinturas no hubiera ningún bilet rojo fuego, digno del disfraz-.
Escrito por: Sandra Lorenzano
No soy del tipo de gente que va por la vida “cazando” las expresiones del azar. Como lo era Cortázar en sus juegos con la Maga, por ejemplo. O lo es Paul Auster en cada una de sus historias. O el querido Pepe Gordon en sus “Imaginantes”. Aunque sí disfruto enormemente cuando las casualidades se cruzan por mi camino: cuando un texto, una imagen, un nombre, me llevan a otro texto, a otra imagen, a otro nombre, que finalmente hacen que se devele un pequeño secreto que estaba aquí, junto a mí, y que aún no había visto.
“¿Cuántas muertes más serán necesarias para darnos cuenta de que ya han sido demasiadas?”; un padre de la Guardería ABC
Escrito por: Sandra Lorenzano
¿Cómo hablar de las ausencias?, se preguntaba hace pocos días el hijo de un desaparecido. ¿Con qué palabras nombrar el horror? ¿Qué sonidos, qué imágenes pueden dar cuenta del dolor más absoluto? ¿Cómo podemos hacer para que la exigencia de justicia no se detenga, para que los silencios de quienes no están se transformen en un grito atronador en los oídos de los cómplices del espanto?
Escrito por: Sandra Lorenzano U
Una propuesta de interpretación
Escrito por: Sandra Lorenzano S
Escrito por: Sandra LorenzanoD
esde siempre he sentido que los domingos en la tarde sólo hay lugar para la poesía. Una vez que hemos renunciado a meternos en algún centro comercial para ver cualquier película de las que las grandes cadenas de exhibición deciden que tenemos que ver, o cuando hemos terminado de secar el último plato de la extenuante comida familiar (¿quién las habrá inventado? Me entusiasman y me agotan por igual)...
Escrito por: Sandra Lorenzano - escritora
La alfabetización es más que enseñar a leer y a escribir: es dar herramientas para pensar, para participar en la vida social, para comunicarse con la propia comunidad y con el entorno, para fortalecer la autonomía personal y desarrollarse individual y socialmente. Tiene que ver con la posibilidad de estar en mejores condiciones para participar de actividades culturales, políticas, económicas. Es, en este sentido, un instrumento indispensable en la construcción de ciudadanía.